Entre Ana Karenina y Cunizza da Romano

Reflexionando en torno a las facetas femeninas, he querido centrarme esta vez en la que está lejos de la de matriarca y contenedora, de la de cueva y representante de esa suerte de Alma que llevamos como recuerdo de nuestra madre divina. Quiero hablar de la opuesta a la que es solo amor, esperanza y posibilidad de trascendencia. Ese arquetipo resulta ser a veces una cárcel para quienes pertenecemos al género femenino. Debemos contener y representar tanto que, al salirnos de ese esquema de fertilidad planetaria, manifiesta una molestia, una suerte de incomodidad incontrolable de parte del orden asociado a lo «patriarcal».

No es mi intención elaborar aquí un discurso feminista. Lo que quiero hacer es divagar un poco sobre esa faceta de liberación y de cómo la sociedad se interpone como barrera ante tal «osada conducta». Para esto me referiré a dos personajes. El primero de ellos es ficticio. Lo creó Tolstoi y es bastante famoso e incomprendido. El segundo es real y pertenece al mundo medieval, específicamente al siglo XIII.

A grandes rasgos, Ana Karenina se nos presenta como una mujer atormentada y atrapada en un mundo aristocrático. La cárcel se evidencia cuando se enamora de Vronski, hombre joven de gran elegancia. Este le propone un devenir juntos. Más que un proyecto de futuro, él la invita a vivir una aventura contestataria embelesada en su ego y en la necesidad de libertad (y futuro abandono de sí misma) de Ana. La propuesta es vivir una pasión desenfrenada que se autoconsume y que no pretende, ni puede realmente, evolucionar hacia el sentido del amor y del afecto asociado a lo profundo y divino.

Antes de detenernos exclusivamente en la mujer de esta obra, es interesante señalar como en Ana Karenina las cosas suceden en dos planos. En un primer nivel, las aspiraciones, deseos, voluntades y discursos de los personajes se manifiestan explícitamente. En un segundo nivel, las cosas se sienten, y luego suceden, propiamente tal. Estas acciones están alejadas de los discursos iniciales y se contradicen a tal punto que sorprenden al lector por la incongruencia de los personajes. Ante esto, el lector confundido debe indagar dónde está la verdadera intensión de la protagonista, para saber dónde podemos llegar a conocer a la Ana verdadera.

Observo entonces a Ana Karenina y sus errores. La veo siguiendo su intuición y actuando completamente diferente a las convenciones sociales. Noto que sus principios personales se distancian abruptamente de lo aceptado en su contexto social. Lo que ella dice está acorde a la sociedad a la que pertenece. Eso es lo que su entorno desea escuchar. Socialmente sobreadaptada y atrapada en esa realidad, no ve posibilidad de liberación y sucumbe ante esa cárcel que la arrastra, inmolándola dentro de sus márgenes.

La veo acostumbrada a vivir la vida que le tocó. Está ahí, junto a un marido frívolo y calculador que espera que ella sea eternamente la madre abnegada, la buena esposa, la mujer de belleza sobrehumana y movimientos gráciles, tan carente de necesidades terrenales y dispuesta forzosamente a una plataforma eternamente apolínea.

Sin embargo, Ana descubre en sí una pulsión que no conocía y se conecta con un espacio transgresor en todos los planos. La pasión, el error, la impulsividad que la unifica aunque la destruya. Así es como los dos niveles de la novela se fusionan y lo que estaba escondido queda revelado a la sociedad en la que vive. Esto, para su perdición y clarividencia, jamás le permitirá volver a ese espacio etéreo y aristocrático bajo el cual había estado subyugada.

La otra mujer en la que pienso es en Cunizza da Romano. Para quienes no la conozcan, fue una mujer perteneciente a la nobleza italiana que nació a fines del siglo XII y vivió durante el XIII. Nos queda su registro gracias a Dante, quién la inmortalizó en su famoso poema La Divina Comedia. Ahí destaca su reconciliación con la divinidad después de una cadena de amores que nunca fue capaz de romper. Casada a la fuerza en un matrimonio arreglado, fue rescatada de ese matrimonio por Sordello da Goito debido a problemas familiares. En el viaje de regreso, lleno de obstáculos y desafíos, ambos se enamoran perdidamente. Este nuevo amor no dura mucho. Ella deja a Sordello y lo reemplaza por Bonio, al que cambia después por Aimerio y a este por un hombre veronés. Algo que podría ser normal, en esa época fue un escándalo y por eso fue sometida a numerosas críticas sociales. Su actuar desafiante no era bien visto bajo la mirada de los hombres que seguramente cometían actos similares.

Cunizza da Romano y su historia, sorprende y encarna al amor cortés mirado desde una perspectiva femenina. Refleja un amor que no muere porque las relaciones queden a mitad de camino, sin llegar a caer en el realismo de la configuración matrimonial y a la reproducción como fin. Se trata entonces de vivir en un cuento de hadas, un poco en el aire y otro poco en la tierra, fantasear y moverse en el remolino emocional desafiante y provocador del espacio terrenal que contiene.

Quizás esta dicotomía femenina ejemplificada en Ana Karenina y Cunizza da Romano, atemoriza porque desestabiliza un orden establecido. Ambas serán duramente criticadas y solo serán entendidas desde el arte, cuya flexibilidad es capaz de tolerar y valorar las acciones que aquí he relatado. Trayéndolas a la vida desde la literatura y la historia, creo que ellas mismas se interrogan ¿Cómo puedo limitarme a un margen acotado de vida, si el tiempo pasa tan rápido y poseo tantas facetas que quiero descubrir?

La pregunta no es superficial, sino crítica y apremiante. Personalmente, llego incluso a validar la curiosidad que las habría movilizado en los inicios de sus respectivos romances. Tampoco creo que sus actos hayan sido fruto de motivaciones puramente individuales. Esto porque del vínculo con el otro, independientemente de cómo haya comenzado, sido y terminado esa experiencia, emerge una vida diferente que se levanta entre una y otra persona. Ese ser que aparece es nuevo y siempre nos sorprende. En mi experiencia, esa vida que se despierta es poderosa y valiosa y la honro así como a cada pareja con la que he estado.

Porque la mujer puede ser un misterio bastante complejo y ha sido supeditada a una representación frágil y dócil frente a la dominación. Se le ha reducido a ser un ente de compañía, pero al que se le prohíbe entrar a ciertas áreas de la vida o al que se le condena por conseguirlo. El mundo laboral y el intelectual aún mantienen un dominio masculino, generando limitantes y chantajes. Lo curioso es que a veces la fauna masculina ni siquiera percibe los juegos que realiza y se sorprende si una no desea jugar o si juega mejor que ellos.

Por ende, podría decirse que hay ciertas atribuciones que los hombres se han tomado y a las cuales una como mujer no quiere contestar ni sucumbir. Por lo general esas atribuciones tienen como base la subestimación explícita y/o implícita. Entonces, bajo esa perspectiva, el actuar contestatario representa una suerte de liberación. La mujer bajo la representación de alma, tal como dije en un comienzo, se ve paradójicamente apresada por esa misma alma. Por lo mismo llega un punto en que existe una necesidad de liberación para terminar con la representación a que ha sido acotada.

Ana Karenina era presa del rol que representaba en la sociedad aristocrática. Finalmente desilusionó a ese contexto social por romper el estereotipo de lo bueno, correcto, moral y adquisitivo, convirtiéndose en una amenaza para quienes la rodeaban. Al revelarse el romance, es ella la culpable y motivadora, la que arrastró al hombre al pecado. Su marido no es capaz de conectarse con la complejidad de la situación y se aboca a reprochar y reprender a Ana por la imagen inadecuada que, para una dama de la alta sociedad rusa, ha decidido reflejar.

Hoy, tiempos en que la mujer se moviliza y no se circunscribe solo al espacio hogareño, ¿adónde pertenece? ¿Debe pertenecer a algún lugar o espacio? Me parece que el hombre aún necesita supeditar a la mujer a algo para sentir que puede controlarla. De no ser así, al menos necesita circunscribirse él a la mujer, asociándola nuevamente a la casa materna, a la cueva, al útero y a esa alma que él desea poseer.

Cunizza da Romano logra la iluminación gracias a la experiencia vivida. No fue guiada, sino que fue su fuerza la que la hizo inmortal, aunque sea para que nosotros leyéramos sobre ella siglos después. Lo que hizo fue construirse a ella misma en función de su libertad y de sus propias decisiones, movilizarse desde su actuar sin limitarse a una exclusiva realidad creada por otro.

Como dije, no es mi intención caer en un discurso fundamentalista. Sin embargo, es importante mirar esta otra faceta de lo femenino. Esa que se refleja desde la materia en el espejo que nos enfrenta y nos desafía cada día, delatando cosas de nosotras que intentamos conocer e incorporar en el mundo real.