“Teorema” de Pier Paolo Pasolini

El padre quebrado corre y llora.

La empleada levita.

La hija es una muerta en vida. Catatónica, ha perdido la capacidad de comunicarse con el exterior, tanto fuera de su cuerpo como de su palacio burgués.

El hijo emigra en búsqueda de sí mismo. Comienza una búsqueda, ilusionado por la aceptación de su sexualidad, pero también por la bohemia artística superficial de la Italia de los años 50.

La madre desconcertada no sabe relacionarse más que desde una hipersexualidad alimentada por el temor a la vejez y el hedonismo.

 

Pier Paolo Pasolini crea Teorema con la intención de desmontar la imagen de la familia burguesa italiana. Como mínimo lo hizo para hablarnos algo de ellos, retratando una realidad e ideando una forma de quebrarla: insertando un elemento externo que desconcierte hasta el extremo a cada uno de los personajes.

El dispositivo dispuesto para fracturar al cuerpo familiar, toma la forma de un invitado que se presenta intracelularmente. Su presencia altera la psique de los personajes y, desde lo interior hacia lo exterior, va desconcertándolos ante la posibilidad de la trascendencia. Les entrega la imagen de un sentido que existe afuera de ellos, al tiempo que descubren que son dramáticamente incapaces y limitados para buscarlo e incorporarlo a sus vidas, que terminan vacías y superfluas.

Los instintos de reconocimiento humano hacia la otredad son los primeros que no tardan en aparecer. Se manifiestan en la forma de un amor irracional que despierta en cada uno de los personajes de la familia. Lo hacen desde la pulsión sexual, la cual les da la máxima posibilidad de conocer, acercarse y desear a este invitado con apariencia de ser divino. Pareciera que este deseo sexual hacia él, se les presenta como única posibilidad palpable dentro de las limitaciones y carencias de cada uno de ellos.

Con la ausencia física que deja la abrupta desaparición de este Mesías misterioso de la casa familiar, lo que queda es el vacío y desasosiego. A diferencia de los miembros de la familia, se había presentado como un ser completo. En cambio ellos, completamente vacíos en su mundo de seguridades, no pueden volver a articularse en ese lugar y quedan despojados de la fantasía de realidad perfecta e idílica en la que vivían. La huida de ese espacio es la única solución que les permitirá adentrarse en el recorrido de la búsqueda personal del sentido por sobre sí mismos.

Entonces podríamos dividir la película en dos partes. La primera como una invitación a la fractura, al quiebre de las estructuras burguesas y conservadoras en las que vive la familia protagonista. Se despiertan maneras torpes de relacionarse, confundiendo los afectos con la pasión en respuesta a la apatía constante en que vivían. La segunda parte del filme correspondería a la búsqueda de ellos mismos tras el abandono, así como también el escape tanto físico como psíquico.

Para esto podemos ver los calces que Pasolini hace en relación a los caminos del viaje del héroe para la búsqueda de sí mismo. La imagen del padre caminando errante en este paraje industrial desértico, símil a Jesús en su propio camino a través del desierto. La empleada en su viaje a su Italia rural o el hijo asumiendo su sexualidad, dejando la casa paterna y abrazando el arte.

Podemos vislumbrar entonces ciertas lecturas, como la crítica a la burguesía, lo divino inserto en el espacio cotidiano o la búsqueda de la redención. Sin embargo, Pasolini presenta esta obra conceptual con frialdad y cierta suspicacia. Hay un cinismo en sus personajes que nos deja entrever que el resultado es finalmente una humanidad que no tiene razón de ser y que, ya perdida (todos estamos perdidos de alguna manera u otra), busca errante algo que les de un sentido por sobre su existencia. Si la abundancia de esta familia burguesa y patriarcal les daba valor en un momento, deja de hacerlo. No hay entonces una respuesta, seguridad, ni lugar para ellos (¡ni para nadie!). Finalmente nos dice que los espacios que construimos son siempre frágiles. Lo que el director genera es extremar esta situación bajo la inserción de este ser que los lleva hacia los límites de sí mismos, develando esta dramática realidad sin forcejear ni violentarnos, confundiéndonos en tomas realizadas de manera clínica y estética.

A primera vista el mensaje parece ser más pseudocristiano de lo que es en realidad. Sin embargo, a mi modo de ver, se va alejando sutilmente de esa posibilidad. Se vuelve interesante dialogar e incorporar aquí el concepto de Lo Irresistible que, más que reducirlo a lo netamente espiritual, es esta fuerza que se despliega desde el joven que llega a la casa. Lo Irresistible es igual para todos y no tiene nombre ni fuente. No se sabe qué emite esta potencia movilizadora, ni tampoco si tiene un rumbo dirigido. Es una energía misteriosa y sagrada que arriesga con no ser más que una revolución estéril.

Nada es lo que parece y nada parece conformarnos. No hay respuesta en el filme. El desconcierto y posibilidad de algo más allá no se traduce en liberación ni sabiduría. Los personajes siguen siendo erráticos y caen en estereotipos que para el espectador son fáciles de entender. Más que una enseñanza, se percibe un alto grado de nihilismo y desasosiego ante la condición humana.

Eso está presente tanto en la hermosura física de este ser que llega, como en la búsqueda del hijo al adentrarse en el mundo bohemio, también superfluo y burdo. Está también presente en la industria que el padre deja en manos de sus trabajadores, los que no tardarán en caer en el mismo abuso de poder que el patriarca ya ejecutaba en la empresa.

La elevación del cuerpo de la empleada, a la que se podría interpretar inicialmente como quien logra ser receptora de la revelación del huésped misterioso y que, debido a su clase social, podría ser la única con la posibilidad del ascenso espiritual, se va perdiendo en un trance que, tras la curva del éxtasis, baja hacia el abandono. Asume quizás la ausencia de sentido de la existencia humana. La compleja acción de la empleada nos confunde como una manera de aprobar un origen no burgués. Sin embargo, no hay claridad en ese mensaje y lo que queda es que ella quizás sí parece vislumbrar cierto grado de conciencia, pero prefiere volver a la tierra a morir. Se funde con ella de forma voluntaria bajo la imagen de un entierro dirigido.

No veo entonces Teorema como una lección, sino como un experimento que busca la forma de exhortar por medio de la fractura de los personajes desde esa afabilidad y cercanía cínica y peyorativa. Los personajes cambiaron, pero queda la sensación de que no se volvieron conscientes de sus posibles aprendizajes. Quizás confundieron el goce estético que les entregaba la belleza extraterrenal del joven misterioso, con la divinidad y la posibilidad de la redención. Si es así, o no lograron romper la superficialidad o solo nos mostraron el inicio de su búsqueda.

Quizás por eso al final, tal como Jesús caminando en el desierto y tentado por el diablo, quien lo confunde con seductores artilugios, el padre corre conmocionado y abandona su fábrica. Piensa que ha sorteado los desafíos tras la revelación de una figura mesiánica, que le presenta lo de abajo como si fuera lo de arriba y que, con su belleza inmaculada e irresistible, le hace creer que el despojo de su fábrica le permitirá encontrarse a sí mismo. La verdad es que seguramente, al final de su ruta, no encontrará más que vacío y caerá abatido en el paisaje industrial teñido de sepia que le contiene.